El día 10 de mayo fue el día oficial de la madre. A primera hora de la mañana mi compadre Raúl Pardo mediante mail, nos recordó con simples palabras esta significativa fecha. En el lapso de tiempo en que le llegaron respuestas de variados tipo, pensé en el privilegio que él tenía de poder verla, abrazarla, apoyarla. Quizás los que leen este post ya habrán tenido oportunidad de escribir acerca de su madre y, los que no lo han hecho, quizás algún día lo harán. Yo lo haré hoy, a casi 11 años de su partida.
Celia fue una ariqueña de esfuerzo casada con Agustín, antofagastino, formando su hogar en la zona penquista. En la década del '50, con el inicio de la siderúrgica de Huachipato, el paso de radicarse allá en Talcahuano, representó un cambio fuerte para ella ya que, teniendo un grado de preparación avanzado para esos años, asumió el dedicar sus esfuerzos totales al hogar. He entendido con los años lo importante que fue para mis hermanos y yo, contar con ella en todo momento, a tiempo completo. Cuando hemos hablado con mis hermanos, con la madurez que nos han dado los años, nos hemos dado cuenta de lo que fue esa etapa y como, ante situaciones críticas, que incluso hicieron peligrar la integridad del grupo familiar, ella asumió el rol protagónico, aún a costa de su propio, digámoslo así, sacrificio personal. Es posible que los análisis más académicos digan que de alguna forma la mujer no haya tenido más opciones, especialmente en un entorno altamente cargado al machismo como eran en general los ligados a la industria pesada.
Como sea, el hecho real es que un amor de madre que es capaz de entregarse de esa manera, es algo que no puede sino que dejar huella indeleble en cada uno de nosotros. La marca de la madre es de por vida, los principios, el ejemplo de vida, la espiritualidad, la tenacidad, la humildad, la solidaridad eran parte de lo que ella representó, no sólo para su grupo familiar sino también para la gente del barrio, en donde ella se destacó como enfermera, consejera-amiga, dirigente de las primeras organizaciones femeninas respaldadas por la Compañía de Acero del Pacífico, también un ejemplo de perseverancia en la organización religiosa a la cual perteneció hasta el fin de sus días.
Así por el estilo, comienzo a recordar y hay tanta obra, muchas de ellas desinteresadas y que Celia cuidó de conservar en el anonimato por que no quería que los beneficiarios se sintieran mal. Tengo que decirlo, con el tiempo me pude dar cuenta que mientras yo era un niño, ella vivió grandes espacios de soledad, de ahí que he podido deducir que mi compañía era muy requerida por ella. Siendo yo un niño de entre 6 y 9 años, me acuerdo que era su compañero, en cosas aparentemente irrelevantes para una familia normal, como el ir a las compras de todo tipo, en las idas al cine (una de sus grandes pasiones), paseos. Me dí cuenta con el pasar de los años que yo, como el hijo mayor, cubría en parte un vacío que ella disimulaba y no comentaba. Es increíble como uno a tan temprana edad pasa a ser un ser trascendente, más allá del natural amor que la madre siente por sus hijos.
Y siguen volando los recuerdos ¡son tantos! vienen a mí escenas de días fríos, lluviosos con ella preparando una sabrosa cazuela, un rico pan amasado, sopaipillas, disponiendo de ropa de recambio cuando llegábamos mojados hasta los huesos con uno de los característicos chaparrones de Concepción. Días llenos de tantas señales de haber sido tan queridos por esta mujer luminosa, en cuyo vientre Dios me dió el privilegio de habitar.
Mami, quizás cuántas veces quise decirte tantas cosas hermosas y no tuve, o no me dí el tiempo para decírtelas, perdona por todo que lo que no pudo ser. Gracias, por jugártela como tantas otras y por darme el piso necesario para sentirme querido desde los inicios de mi vida.
Con amor para tí (dale saludos también al viejo por esos lados).
Tu hijo Hernán.
PD: ¿te acuerdas de esta foto en que estoy contigo?